La jornada comenzó con la serenidad de quien ya ha vivido un sueño: después de ver auroras boreales la noche anterior, cualquier cosa parecía un regalo extra. Pero Islandia siempre sorprende. Entre valles humeantes, géiseres que respiran como criaturas vivas y cascadas que rugen desde cañones ancestrales, el día nos llevó por algunos de los paisajes más emblemáticos del sur.
Antes de seguir con la ruta, quizá te interese saber que ya hemos publicado varios artículos que pueden ayudarte a preparar tu viaje a Islandia por libre. Si estás organizando una escapada de diez días en otoño, te recomendamos echar un vistazo a nuestras guías sobre qué llevar en la maleta para enfrentarte al clima islandés, cómo elegir el alojamiento ideal según la zona y la época, y qué tipo de coche alquilar para moverte con seguridad por carreteras que pueden cambiar de un minuto a otro. De hecho, si has aparecido directamente en esta página te recomiendo empezar por el artículo inicial. Desde él podrás acceder a los 17 post que integran esta guía para viajar a Islandia.
Valle geotermal de Haukadalur: Geysir y Strokkur
Despertamos aún con la emoción de la aurora boreal de la noche anterior. Después de ver el cielo arder en verdes y rosas, casi parecía imposible que algo más pudiera sorprendernos. Pero Islandia siempre encuentra la manera. En cuanto el suelo comenzó a vibrar bajo nuestros pies, la atención volvió a la tierra: estábamos en Haukadalur, uno de los valles geotermales más activos del país.
Aquí se encuentra el géiser más famoso del mundo: Geysir, el primero documentado en la historia. Su nombre proviene del verbo islandés geysa, “emanar”, y dio origen al término que hoy se usa en todos los idiomas. Aunque Geysir ya no entra en erupción de forma regular, su vecino Strokkur mantiene vivo el espectáculo: cada cinco a diez minutos lanza una columna de agua de hasta treinta y cinco metros, impulsada por agua subterránea que supera los doscientos cincuenta grados.

El sendero atraviesa pozas burbujeantes, fumarolas y pequeñas calderas de barro. Litle Geysir, un géiser diminuto, recuerda que esta zona está llena de respiraderos activos. Cuando Strokkur estalla, el vapor se mezcla con la luz del sol y el valle parece un escenario de otro planeta. Parking: de pago (750 ISK por vehículo).
Gullfoss, la cascada dorada
La carretera 35 nos llevó después a Gullfoss, una de las cascadas más emblemáticas del país. Su nombre significa “cascada dorada”, y se cree que proviene del brillo que adquiere el agua cuando el sol se refleja en la bruma. El río Hvítá cae en dos niveles —once metros primero, veintiuno después— para desaparecer en un cañón estrecho que parece tragarse el agua.

A principios del siglo XX, Gullfoss estuvo a punto de convertirse en una central hidroeléctrica. La historia cuenta que Sigríður Tómasdóttir, hija del propietario de las tierras, luchó incansablemente para evitarlo, llegando incluso a amenazar con lanzarse a la cascada. Su defensa fue clave para que el lugar se protegiera y hoy se la recuerda como una de las primeras activistas medioambientales de Islandia. Parking: de pago (750 ISK por vehículo). Centro de visitantes con horario variable según temporada.
Þjóðveldisbærinn, la granja vikinga reconstruida
Continuamos hacia Þjóðveldisbærinn, un museo al aire libre que recrea una granja vikinga basada en los restos arqueológicos de Stöng, destruida por la erupción del volcán Hekla en el año 1104. Las casas de turba, con sus techos cubiertos de hierba, muestran cómo vivían los islandeses durante la Mancomunidad Británica de Naciones, un periodo sin rey ni gobierno central que marcó la identidad del país.

Aunque el interior solo abre en verano, pasear por el exterior ya merece la visita. El paisaje volcánico que rodea la granja hace que sea fácil imaginar la vida en un territorio tan inhóspito hace mil años. Entrada al museo (junio–agosto): 1000 ISK por persona. Horario interior: 10:00–17:00 en temporada.
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Skálholt, antiguo corazón religioso de Islandia
Siguiendo la carretera 31 llegamos a Skálholt, un pequeño asentamiento que durante setecientos años fue el centro religioso y administrativo del país. Aquí se coronaban obispos, se impartía justicia y se tomaban decisiones que afectaban a toda Islandia. La catedral actual, construida en 1956, se alza sobre el lugar donde se levantó la primera iglesia cristiana del país en el año 1000.

El interior es sobrio, iluminado por vidrieras modernas que representan escenas bíblicas. En la cripta se conserva una pequeña exposición sobre la historia del lugar, accesible mediante donación. Cada 8 de julio se celebra un festival de música que atrae a artistas de todo el país. Acceso: gratuito (donación opcional). Horario: 9:00–18:00.
Hjalparfoss, la cascada simétrica
De camino hacia el oeste encontramos Hjalparfoss, una cascada doble que cae en un mismo estanque rodeado de formaciones basálticas. Su nombre significa “cascada de ayuda”, porque antiguamente los viajeros que cruzaban estas tierras volcánicas encontraban aquí un lugar seguro para descansar y dar de beber a los caballos. La simetría de sus dos brazos la convierte en un lugar muy fotografiado, especialmente cuando el sol crea un doble arcoíris sobre el agua.

Brúarfoss, el agua azul imposible
Brúarfoss fue nuestra última parada del día, una cascada famosa por el azul imposible de sus aguas, un tono que parece sacado de un cuento nórdico. Su nombre significa “cascada del puente”, en recuerdo de un arco natural que existió siglos atrás y que, según la leyenda, un monje de Skálholt derribó durante la hambruna de 1602 para impedir que los hambrientos cruzaran el río. Hoy ese puente ya no existe, pero el acceso moderno sí está perfectamente habilitado.

El camino oficial parte del aparcamiento señalizado y sigue un sendero de varios kilómetros que atraviesa Midfoss y Hlauptungufoss antes de llegar a Brúarfoss. El puente de madera del sendero está en buen estado y se puede cruzar sin problemas, aunque el antiguo acceso desde la urbanización permanece cerrado desde hace años. El hielo del sendero nos obligó a avanzar con cuidado, pero llegamos justo a tiempo para ver el agua azul pitufo caer entre las rocas basálticas, iluminada por los últimos minutos de luz del día.
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