El día nos llevó desde la magia helada de Diamond Beach y la laguna de Jökulsárlón, donde los icebergs brillaban como joyas recién talladas, hasta los glaciares azulados de Fjallsárlón y las cascadas negras de Skaftafell, en pleno corazón del Parque Nacional de Vatnajökull. Entre iglesias de turba, montañas doradas y carreteras que parecían sacadas de un cuento, avanzamos con la sensación de estar viviendo algo irrepetible. Al caer la noche, cuando ya dábamos por perdido el sueño de ver auroras, el cielo se abrió y las luces danzaron sobre nosotros, coronando la jornada más emocionante de nuestro viaje por Islandia.
Antes de seguir con la ruta, quizá te interese saber que ya hemos publicado varios artículos que pueden ayudarte a preparar tu viaje a Islandia por libre. Si estás organizando una escapada de diez días en otoño, te recomendamos echar un vistazo a nuestras guías sobre qué llevar en la maleta para enfrentarte al clima islandés, cómo elegir el alojamiento ideal según la zona y la época, y qué tipo de coche alquilar para moverte con seguridad por carreteras que pueden cambiar de un minuto a otro. De hecho, si has aparecido directamente en esta página te recomiendo empezar por el artículo inicial. Desde él podrás acceder a los 17 post que integran esta guía para viajar a Islandia.
Diamond Beach y la laguna de Jökulsárlón
El día comenzó con la sensación de que algo extraordinario estaba a punto de suceder. Tras un desayuno que supo a gloria después de jornadas de galletas y tostadas, emprendimos camino hacia el sur. La primera parada nos dejó sin palabras: Diamond Beach. La playa, de arena negra volcánica, recibe cada día fragmentos de hielo que llegan desde el glaciar Breiðamerkurjökull, parte del gigantesco Vatnajökull. Estos trozos, pulidos por el mar, brillan como diamantes al amanecer.

Caminar entre ellos es una experiencia casi irreal. Algunos tienen formas caprichosas, otros parecen esculturas de cristal talladas por la naturaleza. Muchos de esos fragmentos llevan miles de años atrapados en el hielo antes de romperse y llegar al océano. Verlos derretirse sobre la arena negra provoca una mezcla de fascinación y melancolía.
A pocos pasos, cruzando el dique bajo el puente, aparece la laguna glaciar de Jökulsárlón. Allí flotan enormes icebergs que se desprenden del glaciar y quedan atrapados en la desembocadura del río hasta que se derriten o se rompen. Es habitual ver focas nadando entre ellos, como si vigilaran el lento viaje del hielo hacia el mar. Desde este punto salen los barcos anfibios que recorren la laguna en verano, una actividad que comenzó en los años 80 cuando el lugar empezó a hacerse famoso.

Fjallsárlón y el glaciar azul
Unos kilómetros más adelante, una pista señalizada conduce a Fjallsárlón, una laguna glaciar más pequeña y silenciosa que su vecina. El glaciar cae casi hasta el agua, formando una pared azulada que parece brillar incluso en los días nublados. El color se debe a la compactación extrema del hielo, que elimina las burbujas de aire y permite que la luz penetre y se refleje de forma distinta.

El camino hasta la orilla puede ser resbaladizo en invierno, pero la recompensa es enorme. Allí, el silencio solo se rompe cuando un bloque de hielo se quiebra y cae al agua con un estruendo que resuena en todo el valle. En verano se organizan excursiones en lancha para acercarse a la pared del glaciar, una actividad que permite ver de cerca las grietas y texturas del hielo milenario.
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Hof y la iglesia cubierta de turba
La carretera continúa entre montañas doradas y ríos que reflejan el paisaje como espejos. En el pequeño pueblo de Hof se encuentra una de las iglesias más singulares de Islandia: Hofskirkja. Construida en 1884, es una de las últimas iglesias de turba del país. Su techo cubierto de hierba, típico de la arquitectura tradicional islandesa, servía para aislar del frío y del viento. Hoy está protegida como patrimonio histórico y sigue siendo un lugar de culto.

Vatnajökull National Park y las cascadas de Skaftafell
El camino nos llevó después al Parque Nacional de Vatnajökull, el más grande de Europa, que abarca volcanes, glaciares, ríos y montañas. Dentro del parque se encuentra Skaftafell, una zona famosa por sus senderos y cascadas. El parking es de pago, ya que forma parte del sistema de conservación del parque.

El sendero principal conduce a Hundafoss y Magnúsarfoss, dos cascadas que aparecen casi sin buscarlas. Más adelante, tras una subida suave, se llega al mirador de Svartifoss, la cascada más emblemática del parque. Su nombre significa “cascada negra” y se debe a las columnas de basalto que la rodean, formadas por el enfriamiento lento de la lava hace miles de años. Estas columnas inspiraron incluso el diseño de la iglesia Hallgrímskirkja en Reikiavik. Parking: de pago (aprox. 750 ISK por día).
Cascadas del sur y paisajes de carretera
La Ring Road continúa entre granjas, montañas y ríos que parecen sacados de un cuento. En este tramo aparecen cascadas como Foss á Síðu, que cae desde un acantilado privado donde el acceso está restringido, y Systrafoss, situada en un pequeño pueblo con un lago en la parte alta al que se puede llegar caminando. Ambas forman parte del paisaje cotidiano de la región, donde el agua parece brotar de cualquier ladera.

Laufskálavarða y los deseos de los viajeros
Al atardecer llegamos a Laufskálavarða, un campo de pequeñas pirámides de piedra levantadas por viajeros desde hace siglos. La tradición dice que colocar una piedra trae buena suerte en los viajes, una costumbre que nació cuando esta zona volcánica era un paso peligroso para los caballos. Hoy, el lugar conserva ese aire místico, especialmente cuando la luz del atardecer tiñe de naranja las rocas. Acceso: gratuito. Parking: gratuito. Horario: abierto 24 horas.

Vík í Mýrdal y la noche de auroras
Llegamos a Vík al anochecer, un pueblo que suele servir como base para explorar el sur. Su iglesia, situada en lo alto de una colina, aparece en muchas postales de auroras boreales. A nosotros nos impresionó más la Reyniskirkja, una réplica situada en las afueras, rodeada de oscuridad y montañas.

Esa noche, después de varios días de cielos cubiertos, el pronóstico cambió. El cielo se abrió y una nube gris verdosa empezó a moverse de forma extraña. Era la primera aurora. No tenía los colores intensos que muestran las cámaras, pero verla danzar en silencio sobre el cielo islandés fue uno de los momentos más mágicos de nuestra vida viajera. El frío desapareció, el cansancio también. Solo quedaba la emoción pura de estar allí, bajo un cielo que parecía vivo.

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Islandia debe ser espectacular, pero seguro que este día entre glaciares y auroras fue el mejor de todos!
Hola Jesús!
Es difícil decantarse solo por un día porque cada uno de ellos nos dejaba con la boca abierta. Pero desde luego este no lo olvidaremos nunca. ¡¡Gracias por leernos!!
Qué día más completo y bonito!!! y cuánta suerte habéis tenido con las auroras, tiene que ser espectacular verlas en movimiento en directo!
Aida ojalá las veáis y luego hablamos. A mi me apetece llorar al pensarlo. Teníamos tantas ganas de verlas (era el motivo principal del viaje) se hicieron tanto de rogar, pero al final las vimos como habíamos soñado. Cuando son flojitas te hacen pensar…»no son para tanto» porque parece simplemente una nube con ligero toque de color verdoso. Pero si las pillas en su máximo esplendor es un espectáculo que difícilmente olvidaras.