¡Qué levante la mano quién está planeando una escapada por Castrillo de los Polvazares para ponerse fino a cocido maragato! Tranquilo, no soy bruja ni tengo cualidades adivinatorias, solo estoy tirando de estadística. Un 50% de los turistas tienen mesa reservada en alguna casa maragata porque practican turismo gastronómico y el otro 50% quiere visitar Castrillo de los Polvazares por su valor monumental – fue declarado en 1980 Conjunto Histórico-Artístico y en 2015 Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO– pero acabarán probando el cocido maragato igualmente, así que tengo una tasa de acierto del 100% ¡Ja! En este post voy a contarte qué ver en Castrillo de los Polvazares, un poquito de su historia y por supuesto, qué es y dónde comer el famoso cocido maragato…
Cómo llegar a Castrillo de los Polvazares desde Astorga
Llegar a Castrillo de los Polvazares desde Astorga es muy sencillo, porque ambos lugares están separados por apenas siete kilómetros y la carretera es cómoda y directa. Lo habitual es ir en coche: basta con salir de Astorga hacia el oeste por la carretera LE‑142, la misma que sigue el Camino de Santiago en dirección a Ponferrada. En pocos minutos aparece el desvío señalizado hacia Castrillo, y desde ahí solo queda avanzar un tramo corto hasta que el pueblo surge entre campos y piedra rojiza. El trayecto no llega a los diez o doce minutos. Si no tienes coche y necesitas uno de alquiler para hacer un viaje en coche por León, te aconsejo esta empresa y su seguro, pues tiene mayor cobertura que la mayoría del mercado.
Si no llevas coche, el taxi es la opción más práctica. Suele tener un precio razonable para la distancia. También es posible ir caminando, algo que muchos peregrinos hacen sin pensarlo dos veces. Son poco más de siete kilómetros, alrededor de una hora y media de paseo tranquilo entre paisaje maragato.
Existe además la posibilidad de llegar en autobús, aunque no es la alternativa más cómoda. En la zona opera Autocares Pedrín, una empresa local que cubre varias rutas comarcales. Sus horarios no siempre aparecen publicados y algunas líneas funcionan bajo demanda, por lo que la única forma fiable de saber si hay servicio hacia Castrillo el día que quieras ir es llamar directamente al 987 602 509. Siguen en activo y suelen atender con amabilidad, indicando si pasa algún autobús, a qué hora y desde dónde sale.
Dónde dormir en Castrillo de los Polvazares
Dormir en Castrillo de los Polvazares es una experiencia muy distinta a alojarse en Astorga. El pueblo es pequeño, silencioso y completamente empedrado, así que casi todos los alojamientos están en antiguas casas maragatas restauradas con mucho mimo. No hay grandes hoteles ni cadenas, sino casas rurales y pequeños establecimientos familiares que conservan la arquitectura tradicional y ese ambiente de piedra rojiza que hace tan especial al pueblo.
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Historia de Castrillo de los Polvazares -a mi manera-
Hace poco le dedicamos un post a la capital de la Maragatería, Astorga. En ese artículo ya repasamos muy por encima la historia de ésta zona de León y, como seguramente vas a visitar ambos lugares, no voy a repetirme. Voy directa a la historia más reciente de este pintoresco pueblo.
Lo primero que tienes que saber es que, aunque Castrillo de los Polvazares conserva ese sabor antiguo de las aldeas medievales, el pueblo no se encuentra en su lugar original. Resulta que en el siglo XVI hubo unas fuertes inundaciones en su territorio. Las familias de mercaderes que moraban estas tierras eran poderosas, arrieros que comerciaban a lo largo y ancho de la península y ganaban mucho dinero. Por este motivo levantaron un nuevo Castrillo de los Polvazares en la localización actual y de ahí la homogeneidad arquitectónica del pueblo -que particularmente me parece especialmente bonito-.
En 1866 el ferrocarril llegó a Astorga y el oficio de arriero quedó en desuso, sin embargo, Castrillo de los Polvazares supo sacarle partido a su singular belleza y a sus curiosas tradiciones. Peregrinos y turistas visitan cada año el País de los Maragatos con la intención de disfrutar de su exquisita gastronomía y hacer un pequeño viaje al pasado recorriendo sus calles.
Si buscas una fecha especial para visitar Castrillo, las Jornadas Napoleónicas entre Astorga y Castrillo de los Polvazares son una recreación histórica muy interesante que llena el pueblo de vida.
Qué ver en Castrillo de los Polvazares
Castrillo de los Polvazares es una aldea pequeña y armoniosa, de esas que se recorren sin prisa y se disfrutan casi sin darse cuenta. En un breve paseo podrás ver todos sus rincones, así que no hace falta una guía detallada. A la entrada del pueblo, antes de cruzar el río Jerga por el Puente Viejo, encontrarás un mapa con las casas más destacadas, los talleres artesanales y los restaurantes. Conviene hacerle una foto, porque siempre viene bien consultarlo si en algún momento sientes que te falta algo por descubrir.
Al atravesar el Puente Viejo comienza una especie de viaje al pasado, casi como si entraras en un túnel del tiempo. Un camino de losas te conduce por la Calle Real, la arteria principal del pueblo. Quizá este sea el momento de advertir que Castrillo no es precisamente un lugar pensado para tacones; el empedrado original se conserva tal cual, con sus lajas irregulares y su encanto rústico, así que lo mejor es llevar calzado cómodo. La Calle Real es la más ancha y la que vertebra la vida del pueblo. Aquí se concentran los artesanos, los restaurantes y las casas maragatas más imponentes.
La arquitectura tradicional es sorprendentemente homogénea. Todas las casas están construidas con piedra rojiza y carpintería de madera pintada en verdes y azules. Son viviendas sólidas, hechas para resistir el paso del tiempo. En algunas se aprecia el grosor de los muros, que supera los cincuenta centímetros, una solución perfecta para protegerse del frío del invierno, del calor del verano y, en tiempos pasados, para mantener a salvo las mercancías. La distribución gira siempre en torno a un patio interior.
Muchas fachadas están adornadas con flores, parras y detalles decorativos como ruedas de carro. Sin embargo, hay dos elementos que revelan el poder adquisitivo y la posición social de las familias que vivieron aquí: los escudos heráldicos y el tipo de puerta. Los arrieros más ricos utilizaban grandes carruajes para transportar mercancías por toda la península, así que necesitaban puertas amplias y altas, rematadas con arcos de medio punto. Las familias más modestas, que no disponían de carros, tenían puertas más pequeñas y con dintel recto. Por pura lógica, donde hay escudo suele haber también un arco de medio punto. Es un juego curioso ir fijándose en estos detalles mientras paseas.
Casi sin darte cuenta llegarás a una bifurcación presidida por un cruceiro. Si sigues por la calle de la izquierda encontrarás la Casona de los Salvadores, una de las familias arrieras más ricas del País de los Maragatos. Desde allí merece la pena perderse por las callejuelas estrechas, dejarse llevar un poco y descubrir rincones tranquilos. En algún momento aparecerá la Iglesia de Santa María Magdalena, y tarde o temprano volverás a salir a la Calle Real. Y entonces llega el momento inevitable: comer cocido maragato.
El cocido maragato: qué es y dónde comerlo
El cocido maragato es uno de esos platos que cuentan una historia. Comparte ingredientes con otros cocidos del norte —legumbres, verduras y carne—, pero tiene una peculiaridad que lo hace único: se sirve al revés. Primero las carnes y embutidos, después los garbanzos con berza y, por último, la sopa. La explicación mezcla tradición, necesidad y un punto de leyenda.
Los maragatos fueron arrieros durante siglos, auténticos transportistas de larga distancia. Como muchos camioneros actuales, llevaban comida preparada para no perder tiempo ni dinero en el camino. La carne cocida y los embutidos eran fáciles de transportar y se podían comer fríos en cualquier momento del trayecto. Al llegar a las posadas pedían sopa caliente, barata y reconfortante. Esa costumbre pudo influir en el orden del cocido.
Otra versión apunta a la presencia de las tropas napoleónicas en la zona hacia 1810. Se dice que los soldados franceses tenían la costumbre de presentarse sin invitación en las casas maragatas, guiados por el olor del cocido. Para evitar que se quedaran con lo mejor, las familias comían deprisa y empezaban por la carne, el alimento más valioso, dejando la sopa para el final. Quizá ambas historias se mezclaron con el tiempo y dieron lugar a una tradición que hoy forma parte de la identidad maragata.

Comer cocido maragato en Castrillo no es tarea sencilla, porque los restaurantes suelen estar llenos cada fin de semana. Hay varias casas maragatas que lo preparan con maestría —Casa Maruja, el Mesón del Arriero, el Entrepiedras, entre otras— y todas ofrecen un producto excelente, cocinado con paciencia y tradición. Conviene reservar con antelación.
Y no olvides el postre. Aunque Astorga es la capital del mantecado y pionera en la elaboración de chocolate artesanal, en Castrillo el final perfecto del cocido son unas natillas caseras. Así que mejor cenar ligero la noche anterior, porque hambre, lo que se dice hambre, no vas a pasar.
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